De unos años a esta parte, asistimos a la emergencia del poder relacional, de la transversalidad, de la participación. Este es el enclave que da sentido y protagonismo a la tecnopolítica, base sobre la cual se conceptualiza y se acoge una nueva visión de la democracia: más abierta, más directa, más interactiva. Un marco que supera la arquitectura cerrada sobre la que se han cimentado las praxis de gobernanza (cerradas, jerárquicas, unidireccionales…) en casi todos los ámbitos. Esta serie sobre El ecosistema de la democracia abiertabusca analizar los distintos aspectos de esta transformación en marcha.

Actualmente es difícil escuchar algún discurso que no incorpore el valor de la gente y de la participación de la sociedad para un modelo de gobernanza abierta. Tras décadas en las que la concentración de poder en las élites políticas fue haciéndose más evidente (y burda), el desgaste, la frustración y los abismos que se han abierto entre la clase gobernante y «el resto» se han hecho casi insalvables. El desafío es enorme y, más que tratar de acortar esas brechas, parece necesario generar vínculos entre los viejos esquemas de ejercicio de poder y los nuevos espacios que se han ido gestando y consolidando.

Para ello, es necesario identificar qué temas han impactado en la manera en la que se ha construido, modificado y ejercido la ciudadanía hasta hoy:

  1. La historia del concepto mismo de ciudadanía y su rol como componente de orden social, pero también como derecho jurídico.

  2. El relato de cómo los modelos educativos han cambiado en función de las distintas necesidades, y la influencia que ello tiene en otros ámbitos de interacción social.

  3. La sofisticación de la noción de Participación Ciudadana y cómo se articula de manera concreta.

  4. La consolidación de la tecnología como habilitadora del ejercicio cívico desde diferentes ópticas.

El objetivo aquí es hilar estos puntos y generar desde ahí una noción de la ciudadanía digital, participativa y plena para nuestros días.  

 

Una larga historia en breve

Ya en la expansión del Imperio Romano se ajustó la manera en que se vivía y se concebía la ciudadanía en el seno de una comunidad. El crecimiento imperial hizo necesario generar reglas específicas para ordenar las relaciones entre las ciudades. Los ciudadanos, obligados a participar rotativamente en el ejercicio de gobierno, se convirtieron en miembros de una comunidad que compartía las mismas leyes.

La caída del Imperio trajo un largo periodo de oscuridad institucional, antes de que la consolidación de los Estados-Nación fortaleciera la noción de que la ciudadanía se daba como un derecho adquirido, con deberes y responsabilidades, por el mero hecho de nacer en un territorio específico. Todo fue paz y alegría (es un decir) hasta que en las colonias inglesas de América empezó a pesar la idea de que lo que primaba era la soberanía popular y que el esquema de pagar impuestos sin tener representación era algo insostenible. Eso dio como origen la guerra de Independencia de Estados Unidos que, a su vez, derivó en una serie de revoluciones bajo la bandera de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Revolución Francesa, en la que se establece un vínculo clave: el nacimiento otorga la ciudadanía y esta viene acompañada de un conjunto de derechos que tienen característica de ser naturales, inalienables y sagrados.

Hoy día, la batalla por esa ciudadanía se libra con el cruce de fronteras y el reconocimiento de derechos, pero el avance ha sido enorme. Según definición de la Unión Europea, la ciudadanía es “el derecho y disposición a participar en una comunidad a través de la acción auto-regulada, inclusiva, pacífica y responsable, con el objetivo de optimizar el bienestar público”. 

La realidad va sin embargo dando saltos veloces y es necesario entender el concepto de ciudadanía como una idea dinámica. Así como las sociedades se han ido haciendo más complejas, dando lugar a nuevas acepciones del término, también hay instituciones que en su transformación van empujando la manera en que nos relacionamos y, por ende, la manera en que somos ciudadanos. Una de ellas es la educación. ¿Cómo ha cambiado la función social de la educación y cuál es su influencia en nuestra vida como ciudadanos? Y, ¿cómo han cambiado los modelos educativos con la llegada de nuevas herramientas y necesidades?

 

Educación y tecnología

La educación ha cambiado con la tecnología. Lo que en un momento fue objetivo y necesidad de los sistemas educativos universales, hoy ya no lo es.  Ken Robinson lo expone clarísimamente en su charla TED. Por su parte, Cristóbal Cobo, impulsor del estudio de la tecnología y la educación, en su libro Aprendizaje Invisible destaca que: “Con la llegada de la economía industrial, aumentaron tanto los sueldos como la proporción de empresas que funcionaban mediante contratación de mano de obra asalariada. Los niños empezaron a desempeñar trabajos precarios, a menudo incluso peligrosos, hasta que la sociedad comenzó a preocuparse por su bienestar y dejaron de trabajar. Así surgió también la industrialización de la educación. Los menores fueron desplazados de la producción primaria y pasaron a formar parte de un mecanismo institucional en el que aprendían de los adultos —no al revés—, hasta que, transcurrido un lapso de tiempo, se convertían en jóvenes adultos ‘formados’ y listos para ser empleados por la economía industrial”.

Tras largas décadas en las que este sistema educativo cumplió con las necesidades de la industria, empezaron a darse pequeñas rupturas al necesitarse menos trabajadores técnicos y más personas vinculadas a la economía del conocimiento. Es ahí cuando pegamos un brinco. Dice Cobo: “La aparición de la sociedad del conocimiento llega con la materialización que tiene lugar en el siglo XX. La información necesitaba ser interpretada y requería, por tanto, de la presencia de trabajadores del conocimiento… los humanos, entendidos como animales sociales, participan en interacciones sociales y comparten su conocimiento personal en sistemas cada vez más complejos. Este ecosistema de sentidos y valores construidos individualmente favoreció durante la segunda mitad del siglo XX la creación de lo que hoy se conoce como gestión del conocimiento.”

El asunto se vuelve entretenido cuando la necesidad de gestionar el conocimiento transforma los esquemas en los que el conocimiento mismo fluye y es distribuido: “La constante globalización está permitiendo que el conocimiento se distribuya horizontalmente en ámbitos que hasta ahora permanecían incomunicados, creando relaciones heterárquicas y proporcionando la posibilidad de que el conocimiento sea aplicado en contextos innovadores. En el ámbito del aprendizaje, esto significa que todos nos convertimos en coaprendices y también en coeducadores, como resultado de la construcción y aplicación colectiva de nuevos conocimientos.”

El cambio tecnológico ha modificado los modelos educativos y el conjunto de estructuras y relaciones - especialmente, la jerarquía. La educación deja de ser ese lugar en el que uno aprende y otro enseña, y se consolidan mecanismos de aprendizaje más abiertos, participativos, flexibles, en constante retroalimentación, y que otorgan al estudiante una responsabilidad mayor en el contenido de lo que aprende y en los modos en cómo aprende.

Cuando las estructuras educativas se ajustan y abren la manera de distribuir e interaccionar con la información, la influencia de esa transformación trasciende a otros ámbitos. La gobernanza es uno de ellos. Si la escuela empieza a transformar la manera como nos relacionamos con el conocimiento, no es casual que los formatos mismos de gobernanza también se transformen. Y así como muchas instituciones de educación rígida y tradicional se ven hoy día desbordadas y obsoletas frente al fácil acceso a la información digital, en el ámbito de gobernanza sucede lo mismo. Para pasar de los discursos en los que la participación es un valor a modelos de toma de decisiones abiertos, hay que establecer modelos concretos (y vinculantes) de participación.

 

Participación ciudadana

El valor de los esquemas participativos y su relación intrínseca con el ejercicio de la ciudadanía está resguardado. El desafío está en pasar del elemento discursivo a los mecanismos específicos: ¿cómo se implementa? ¿Cómo se evalúa? ¿Cuál es su impacto? ¿Cómo modifica la manera tradicional de hacer las cosas?

He aquí algunas pautas elaboradas por el Consejo de Participación Ciudadana en Chile: 

 

Niveles y alcances de la participación ciudadana

Los niveles de participación ciudadana se refieren a los distintos grados y modalidades en que las personas y los colectivos se involucran o pueden involucrarse en la gestión pública. Otra forma de definirlos es sosteniendo que “se refieren a los distintos grados de obligatoriedad que tienen las decisiones de la sociedad civil que forman parte de un proceso de participación”.

 

Información y consulta: Para algunos, estos niveles no pueden considerarse procesos participativos reales y les denominan “participación simbólica”; otros, pese a sus restricciones, los reconocen como procesos participativos que pueden ser suficientes en sí mismos.

 

Participación consultiva-propositiva: Tiene como objetivo recibir opinión y posturas respecto de un tema a través de preguntas, sugerencias e ideas que se establecen en una relación bidireccional entre quien efectúa laconsulta y quien responde. La sociedad civil también puede formular propuestas a los diferentes ámbitos del Gobierno y la respuesta puede ser obligatoria o no.

 

Decisorio-impugnatorio: Sobre el nivel de información y consulta, Arnstein identifica la colaboración y el poder delegado. Este último, definido como un momento en que el poder es redistribuido a partir de una negociación entre los ciudadanos y las autoridades y en que las reglas que se acuerdan no pueden ser modificadas de manera unilateral.

 

Co-participativo:  El objetivo en este nivel es dar parte a los ciudadanos en la ejecución y/o la gestión de programas o servicios públicos a través de un proceso de negociación. Se pueden distinguir dos modalidades de coparticipación: coadministración y alianza estratégica. 

 

Participación incidente y empoderamiento: En términos generales, los niveles de participación deben evaluarse en relación a su posibilidad y capacidad de producir una participación incidente en la acción de las políticas públicas, al tiempo que empodera a la sociedad civil en su rol de co-constructora de la acción pública.

Es necesario reconocer diferentes mecanismos, con varios niveles de complejidad e impacto, e identificar el rango de actores y actividades que pueden ser adoptadas y adaptadas.

Participar —en teoría— es fácil. Lograr que la participación sea transformadora es más complicado. Y mientras que en la mayoría de lugares los esquemas de participación se quedan en la apariencia, cada vez son más los ciudadanos que utilizan cualquier medio a su alcance para generar una masa crítica fuerte, constante y capaz de incidir en la manera en la que se toman las decisiones en un país.

Los desafíos de la ciudadanía se han ido haciendo cada vez más complejos y la tecnología ha sido clave para refrescar el potencial participativo. Así nace la llamada Tecnología Cívica.

 

Tecnología cívica

Para algunos, se puede definir como el puente entre la misión del Estado y el potencial de la tecnología. Esta habilita la involucración, o la participación, a fin de lograr un desarrollo más sólido, una comunicación más eficiente y un mejor uso de la infraestructura pública. Un estudio de la Knight Foundation caracteriza a los actores que trabajan en el mundo de la tecnología cívica y los agrupa temáticamente.

A nivel ilustrativo, destacamos: DemocracyOS (discusión de leyes); Nossas (procesos organizativos); Vota Inteligente (procesos electorales); Donde Van Mis Impuestos (seguimiento de recursos públicos); A tu Servicio (evaluación servicios públicos); Chequeado o Del Dicho al Hecho (evaluación de promesas); Codeando Mexico o Socialab (necesidades y alternativas).

En síntesis, para entender y defender a nuestra ciudadanía es importante reconocer de dónde venimos en materia de organización social y de reconocimiento de derechos. Entre ellos, el derecho a participar.  Luego, debemos revisar la forma en que hemos aprendido, y la forma en que hemos aprendido a aprender. Así, podemos clarificar cómo hemos modificado la manera en que interactuamos con nuestro entorno, con nuestras autoridades y con el conocimiento que tenemos al alcance. Finalmente, identifiquemos cuáles son las herramientas a nuestro alcance y que nos ayudan a tomar decisiones en función del bienestar público: las que han sido útiles desde hace miles de años y las que se expresan hoy digitalmente y se renuevan segundo a segundo. Herramientas que nos permiten mirar, ser mirados y abrir nuevos canales de comunicación y decisión.

por Pablo Collada