Querido Fidel Alejandro Castro Ruz:

Naciste en la tierra que amaste toda la vida una noche de 1926. Fue ahí mismo donde descubrieron tu destacada capacidad intelectual y a la tierna edad de 6 añitos tus padres sacrificaron tu compañía para darte un futuro mejor enviándote a Santiago de Cuba (Donde además te premiarían mejor deportista de tu establecimiento 12 años después, parece que le hacías a todo).

Pero creciste y volviste a migrar, esta vez a La Habana, donde entraste a estudiar derecho y hasta amenazas de muerte recibiste por oponerte a un candidato de la Federación Estudiantil desde tu puesto de delegado.

No sería esa tu única muestra de valentía en tu juventud.

A los 21 participaste, fusil en mano, en uno de los intentos por liberar a tu tierra hermana, República Dominicana, del dictador Rafael Trujillo. Pensar que habrías llegado con 26 años al Congreso Cubano de no ser porque el (segundo) golpe de estado de Fulgencio Batista anuló las elecciones…

Pero tú no diste marcha atrás.

Al denunciar a Batista por violar la constitución te encontraste de frente con el rechazo. Fue ahí cuando la idea pasó por tu cabeza con más certeza que nunca. Comprendiste que la vía armada, la peligrosa y atemorizante vía armada era la única salida.

Cómo olvidar que luego de meses de trabajo estratégico para el histórico asalto al Cuartel Moncada, y antes de partir a arriesgar la vida, gritabas ante los tuyos: “¡La consigna es no matar sino por última necesidad!”. A pesar de haber sido violentado junto a tu pueblo, no perdías la humanidad.

El asalto fracasó. Escapaste. Te encontraron. Te sentenciaron a 15 años tras las rejas… Pero, tal cual habías predicho, la historia te absolvió y quien sea que haya estado allá arriba cuidándote, te devolvió la libertad tras solo 2 años de condena.

Una vez más, no bajaste los brazos.

¿Recuerdas, Fidel, que hace 51 años falsificaron por primera vez tu muerte? Tenías solo 39 años, pero “ellos” no sabían que habría Fidel para medio siglo más. No sabían que matarte en los medios una y mil veces no iba a ser suficiente.

No fue hasta el 8 de Enero de 1959 que triunfó la Revolución. Ahora sí que sí. Llegaste y ahí te quedaste, entregando el corazón y el alma hasta que tu cuerpo, como es humano, se fue rindiendo.

Pero no terminó de rendirse hasta anteayer, cuando habiendo terminado tu ciclo en este mundo, cerraste los ojos, con la tranquilidad de lo hecho, y la esperanza (O quizás desesperanza) de lo que queda por hacer. Nos dejaste en lo terrenal, pero tu legado es infinito.

Sé que Cuba no es el paraíso socialista en la Tierra, que enfrenta muchas dificultades potenciadas por el continuo y malicioso actuar de quienes vieron sus intereses afectados. Pero nos entregaste mucho más que eso.

Nos entregaste humanidad, valoración por la vida, la olvidada enseñanza de que lo importante no son los celulares, no es la TV, sino que es la vida, el aprecio y cariño mutuo. Nos recordaste que se puede tener un mundo que sea para todos y no solo para algunos, donde los niños no mueran de hambre, donde el mar, la tierra y el aire son de todos. Donde no se necesita robar para vivir…

Nadie puede ignorar que fuiste un hombre inteligente y culto (No olvido que te doctoraste en derecho), que dio lecciones magistrales de valentía y de principios. Nos heredaste mucho más que una Cuba sin transmisión de VIH y con 100% de escolarización. Fuiste uno de los hombres  que más cambió la historia del mundo moderno, y te odien o te amen, eso es innegable. No cualquiera puede decir que sobrevivió a más de 600 intentos de asesinato, ¿cierto?

Te convidaron a arrepentirte, te convidaron a que no pierdas, te convidaron a indefinirte, te convidaron a tanta mierda... Nunca te arrastraron por sobre rocas, nunca machacaron tus manos ni tu boca. La necedad parió contigo, la necedad de lo que hoy resulta necio, la necedad de asumir al enemigo, la necedad de vivir sin tener precio.

He leído decenas de columnas mejores que esta hoy, pero aunque estoy seguro de que las hay, no me tocó ver ninguna carta dirigida hacia tu persona. Mi inocencia de niño, y mi garra de joven me obligaron a redactarla. Es mi humilde ofrenda a ti y tu legado. Si una sola persona aprende algo de ti leyendo estas melancólicas palabras, daré mis lágrimas por pagadas.

Nos harás falta, Fidel. Mi siguiente copa en alto será por ti.

¡Hasta siempre, comandante!