Todavía recuerdo mis últimos años de escuela… los síntomas somáticos que me aquejaban, las úlceras al pensar en asistir a clases, aquellas noches de insomnio, sin poder dormir al imaginar que tendría que ir a la escuela… y pensar en

estrategias para ausentarme. Porque sí, cada tarde que salía de clases, mis ojos durante el trayecto a casa se llenaban de lágrimas. Creo que aquella experiencia fue muy dura para mí, puesto que siempre me costó hacer amigos, y la escuela me recordaba esa soledad, y el bullying que recibí en básica. La escuela es un lugar tétrico, del que sé que cada uno de nosotros recordará una que otra mala experiencia.

Aun así, nunca me fue mal. Quizás porque siempre me ha interesado aprender; recuerdo que leía sobre política, historia o filosofía en Internet, y sentía cierto agrado por los pensamientos anárquicos. Nada, nada de eso lo aprendí en la escuela. Yo no iba a clases, o intentaba no hacerlo. Mi deserción escolar era notable, y constantemente le solicitaba a mis hermanos que me retiraran de clases. Cuando cuento aquello a mis compañeros universitarios de hoy en día, no comprenden cómo pude ser así; una persona que no tomaba en cuenta las clases, que dibujaba o dormía en ellas, que no asistía nunca… Ellos no lo comprenden, porque ahora soy una estudiante responsable.

Recientemente, el gobierno dio a conocer la existencia de un Bono por Asistencia Escolar, en el que participarán aquellos alumnos que cumplan con un porcentaje de asistencia superior al 85%. Según se supone, esta ayuda busca acabar con la deserción estudiantil, que se da especialmente en los sectores más vulnerables del país.

Podemos o no estar de acuerdo con este “beneficio”. Sin embargo, lo que me sorprende no es esto, sino el discurso constante que se visualiza en aquellos que critican este bono; un discurso, al estilo de: No se debe premiar a los niños que vayan a clases, sino aplicar mano dura a quienes no asisten, ya que son niños “flojos”.

¿Qué es esto? ¿Por qué tanto egoísmo y resentimiento en contra de los niños?

De acuerdo, hagamos memoria para quienes ya hayamos salido del colegio… ¿Realmente les gustaba ir? La escuela es una cárcel, es un ejército de menores que fomenta la competencia y cumple con reglamentos retrógrados, que jamás han sufrido modificaciones en el tiempo. La escuela, es el más claro ejemplo de represión social que existe naturalizado en nuestro país.

La sociedad chilena, no valora a los niños como personas independientes. Creen que son propiedad de los adultos. Recuerdo una vez, estaba esperando la micro en un paradero, y una niña pequeña estaba dando vueltas alrededor. Un sujeto la mira, y le pregunta a la señora que estaba cerca: “¿Esa niña es suya?”, a lo que la mujer respondió: “Sí”. Esto es solo un ejemplo, pero denota algo profundo. ¿Se imaginan si yo fuese con mi mamá caminando y alguien me pregunta, esa mujer es tuya?  Eso no pasaría, porque a diferencia de los niños, a los adultos sí se les considera personas independientes, que no son propiedad de nadie.

La gente piensa, que por estar criando a un niño, tenemos derecho a tratarlo cual si fuese un esclavo. Lo mandamos a este mundo para imponerles medidas en forma constante. Lo sometemos a una presión inquebrantable al mandarlo a la escuela, porque ésta clasifica a los niños según sus notas, según su comportamiento, les hace una ficha de personalidad, los mandan al psiquiatra para que les receten Ritalin, los obligan a utilizar un uniforme a diario, no les permiten conversar ni jugar, ni expresarse siquiera con cortes de cabello distintos o algún estilo para diferenciarse del resto de alumnos que llevan el mismo atuendo, y los mantienen ocho horas sentados en un banco pequeño e incómodo del que no pueden levantarse… únicamente, para después enviarles tareas que los llevan a trabajar en casa.

Con todas estas medidas ¿Quién va a querer ir a la escuela?

Muchos creen, que el problema de esta sociedad, es que se les da mucha libertad a los niños. Piensan que ir en contra de todas estas medidas, implica necesariamente regalías, que los niños son delincuentes porque no se les golpea desde pequeños, exigen mano dura. Exigen que a los niños se les obligue a estudiar, tratándolos en forma agresiva… Sin embargo, pocos creen que la rebeldía de los niños se deba a un abandono constante, a una búsqueda de amor debido a la soledad que les aqueja. Que no se les maltrate físicamente, no quiere decir que se les vaya a oír. Uno puede criar a un niño con medidas, tomando decisiones en conjunto en forma democrática, aplicando horarios o sanciones sin necesidad de maltratarlos física o verbalmente. Además, la escuela es una ilusión.

Quien quiere estudiar, va a estudiar de todos modos, encontrando medios para hacerlo… y a quien no quiera estudiar a futuro, ¿para qué obligarlo? Cada uno de nosotros, es dueño de su propia vida. He visto a muchos padres, endeudarse con una universidad tras otra, creyendo que sus hijos esta vez sí serán profesionales, pero los ven fracasar año tras año… ¿Porque son flojos? Porque les han dicho toda su vida, que si no estudian no serán nadie en la vida, pero dónde queda la vocación, la elección propia… Ellos jamás quisieron dedicarse a ello. Y a medida que estudian, se aburren o se cansan y abandonan, o reprueban materias unas tras otras.

Seamos más comprensivos con nuestros semejantes, quienes no vayan a la escuela no son necesariamente flojos, a veces se sienten mal, les han hecho bullying o les genera ansiedad el asistir, porque no son capaces de soportar aquel sistema. El estudiar, debería ser elección, debería ser en un ambiente grato y propicio, no por la fuerza, no por golpes, no por un bono, no porque se nos haya lavado el cerebro desde pequeños haciéndonos creer que es la única forma de surgir en la vida. No somos un diploma, somos personas.