Creo que dos elementos fundamentales de la vida son: el desarrollo y el cambio. Por un lado, nuestra naturaleza humana nos condena a una ineludible carrera contra toda noción o idea personal de abandono de la misma, hacia los misteriosos terrenos que algunos llaman la realización del destino.

Naces, creces, te reproduces, mueres. La vida es aquello que acontece entre cada estado de la existencia humana, y la única forma de romper aquella cadena que no necesariamente justifica o significa que debe completarse en el orden previamente escrito, es atentar contra la propia existencia sucumbiendo ante el absurdo de que nos presenta la vida. El suicidio es un arma capaz de convertirnos en héroes o en pusilánimes, que constituye la parte gris que se encuentra en el mosaico de tonos que representa la existencia de la especie, la constitución del ser, y todo lo que conlleva convertirnos en sujetos atados a las circunstancias de un mundo a veces convulsionado. Podremos escapar, o no, del desarrollo; los gobiernos son capaces de traicionar a sus pueblos con tal de mantener la carrera para alcanzar la supremacía que supone esta cuestión.

En ocasiones pareciese que el desarrollo es inevitable, pero más que hablar de detener el desarrollo, debemos tomar en cuenta lo poderoso que supone el cambio. Ambos conceptos son vinculantes. Sin cambio no hay desarrollo, sin desarrollo no hay cambio. La diferencia es que los cambios son dinámicos en sí mismos, tienen ese carácter autónomo de generar el nacimiento o muerte de espacio, carne e incluso las circunstancias que constituyen la vida humana. Se ve con frecuencia en la política el cambio ligado al desarrollo, y esa es una historia más que conocida; se ha entendido que uno de los objetivos de la política adscrita al status quo es el alcanzar el desarrollo de las instituciones y/o de las dimensiones que componen el estado: economía, educación, salud, todo aquello que envuelve lo que llamamos “lo público”.

El cambio es aquello que día a día nos inspira a abandonar el sitio donde descansamos, con la motivación de alcanzar ciertos objetivos y metas que son parte importante de lo que concebimos como desarrollo, como parte de nuestra vida, nociones que son intrínsecamente influenciadas por la ideología que impregna lo público y lo privado; dicotomías típicas y propias de nuestro siglo, que homologan a la desprestigiada ala izquierda y ala derecha de nuestra política en la actualidad.

"Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos. Elige la salud, colesterol bajo y seguros dentales. Elige pagar hipotecas a interés fijo. Elige un piso piloto. Elige a tus amigos. Elige ropa deportiva y maletas a juego. Elige pagar a plazos un traje de marca en una amplia gama de putos tejidos. Elige bricolaje y preguntarte quién coño eres los domingos por la mañana. Elige sentarte en el sofá a ver tele-concursos que embotan la mente y aplastan el espíritu mientras llenas tu boca de puta comida basura. Elige pudrirte de viejo cagándote y meándote encima en un asilo miserable, siendo una carga para los niñatos egoístas y hechos polvo que has engendrado para reemplazarte. Elige tu futuro. Elige la vida... ¿pero por qué iba yo a querer hacer algo así? Yo elegí no elegir la vida: yo elegí otra cosa. ¿Y las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?" Dijo el afamado personaje Mark Renton en la cinta cinematográfica “Trainspotting”. La ideología imperante es aquella heroína de la que nos habla Renton. Que el personaje elija el escape de los estupefacientes y la vida “desenfrenada” es a causa de aquel estilo de vida que lleva a cabo día tras día, embelesado por la neurósis típica del ser humano civilizado en la era del capitalismo tardío. Aquello que hace, pero no sabe por qué lo hace, y si se entera recae a veces en la frustración y el abandono de aquel darse cuenta que significa romper con la barrera de lo establecido en el pensamiento. ¿El punto de quiebre? Nada más y nada menos que el cambio.

El cambio genera nuevas naciones, rompe paradigmas, destroza leyes científicas, quema hasta sus cimientos pensamientos colectivos y costumbres culturales; algunos más que significativos, y no por coincidencia, sino porque un grupo, que comenzó siendo pequeño se inspiró en el cambio. Actualmente puedes participar de la ilusión mal llamada “democracia”, el voto, sin tener que ser de la alta esfera social. Aquello comenzó con el cambio. Nacimos todos y cada uno de nosotros para cambiar el mundo; porque el mundo, porque las especies, porque ni tú ni yo aguantamos una eternidad en las mismas condiciones, siguiendo las mismas reglas y manteniendo las mismas concepciones sobre la vida y todo lo que nos rodea. Somos seres de cambio, para eso es que nacemos, nos reproducimos, y finalmente si pudimos soportar lo confuso de la existencia, morimos. ¿Pero morimos, moriremos, como animales? ¿Como idiotas? O quizás, si sientes tal como yo siento, y piensas lo que yo pienso, ¿moriremos siendo héroes y villanos? Más allá del bien y del mal existen muchas constantes, pero lo que necesitamos actualmente, y en cada instante de lo que llamamos -y llamaremos algún día- el presente, es el cambio.

Si no nacimos para cambiar el mundo, no vale la pena seguir existiendo.