Comenzar a formar parte del Frente Amplio puede ser visto como un salto al vacío. Un salto  porque muchos de los que estamos conformando sus bases no tenemos experiencia política previa y estar ahí supone dejar la comodidad de nuestros sillones y películas favoritas para entrar a un mundo desconocido para la mayoría de nosotros, salvo lo que uno puede intuir desde lejos y la información que recibimos de los medios; pero la realidad siempre desafía cualquier cahuín vecinal o farándula de la tele.

Dicho eso, es también un salto al vacío porque sentarse en una mesa a trabajar con desconocidos es ir  en el sentido contrario de cómo hemos vivido en los últimos treinta años: o sea, evitar meterse en problemas por temor a las consecuencias o simplemente paja.


Me hice parte del partido Pirata el mismo día en que me sumé al Frente Amplio comunal donde vivo. De ahí que ambas instancias me parezcan igualmente válidas y valiosas. La una sin la otra conlleva —en mi opinión— el peligro de devolvernos al mismo ostracismo del metro cuadrado pero esta vez bajo las consignas de un partido: esto resulta difícil de digerir para muchos quienes adherimos al llamado del frente e intentamos salir de la cámara de eco en las redes sociales y el grupo de gente que nos cae bien. Justamente, esta idea de un frente amplio, así con minúscula, aparece como una propuesta orgánica a la diversidad de opiniones y posiciones políticas a la izquierda en la forma de una invitación a juntar ideas y llegar a acuerdos; después de todo, cuando hablas y te escuchas con quienes se han convocado en estos espacios es fácil reconocerse a uno mismo en muchas cosas: en lo que admiramos y queremos, pero también en lo que no nos gusta, como cuando vemos reflejado algo que nos desagrada de nosotros mismos en otra persona. Ponerse de acuerdo en medio de esa diversidad es una dificultad constante, pero eludir la necesidad de hacerlo resulta un sin sentido a esta altura.

Menciono el valor de la diversidad porque creo que existe la tentación del heroísmo y la pureza doctrinaria como un valor en sí mismo: es decir, abrazar la intransigencia de un espacio disciplinado en función de los objetivos como un valor absoluto. Y está bien, cada cual a lo suyo, no es nada novedoso en la historia política universal, pero uno se pregunta si los objetivos planteados deben o no someterse a la forma como se logran o a la convivencia ("el tejido social") que permite y sustenta esas conversaciones. Porque al final de eso se trata: sentarse a una mesa a ver cómo se hace, sabiendo que los convocados somos seres complejos, diversos —muchos sin experiencia política— y constantemente amenazados por nuestros propios egos, la  inconstancia, la desconfianza, la competencia, las obligaciones personales. Con todo, y a pesar de todo, la posibilidad cierta de ejercer la vieja idea de democracia griega nacida desde las asambleas y encargada a la ejecución de dirigentes apegados al programa de esas bases se sobrepone como un valor superior. El llamado del 8 de abril a participar de la consulta ciudadana en Maipú será una demostración concreta de ese anhelo.


Dicho esto, se debe reconocer que nadie puede asegurar que el Frente Amplio sea la verdad revelada.  Uno tiende a idealizar la novedad de los espacios. Una cuota de ingenuidad es inevitable cuando nos lanzamos a caminar por primera vez. Pero al menos la convocatoria que uno observa hasta ahora permite ser optimista. No queremos negar las diferencias, pero tampoco queremos aceptar que estas impidan un frente amplio de trabajo y la posibilidad de recorrer un camino distinto al ya trazado por las estructuras tradicionales del establishment.  

 

Cabe también la posibilidad que no estemos frente al proyecto más "exitoso" bajo los indicadores del marketing electoral o la suma de la calculadora chica. Pero la tentación del éxito no puede enceguecer un esfuerzo de esta magnitud. Si algo hemos aprendido de Bielsa (los que creemos haber prestado atención al profe) es que la sola búsqueda de resultados lleva algo peor que el fracaso: la traición de las convicciones. El profe, que se declaraba un especialista en fracasos, lo dijo mejor: "un entrenador no es mejor por sus resultados ni por su estilo, modelo o identidad. Lo que tiene valor es la hondura del proyecto, los argumentos que lo sostienen, el desarrollo de la idea".  


La posibilidad de que estas ideas se puedan plasmar en un proyecto comunitario es justificación suficiente para mantener el curso.