A principios de los 2000 encontrábamos a Heather Kunst cantando en el programa de Canal 13, Gigantes con Vivi. Y nos decían: “es una transexual” y nos asombrábamos por su voz tan… femenina. En la misma década, algunos reportajes en programas periodísticos hablaban de la prostitución de “los” travestis o de aquellos seres encerrados en el cuerpo equivocado que aparecieron, casi, por gracia del capitalismo. Así la televisión se encargaba de ir construyendo una historia -hasta ahora- ausente de nuestras propias ideas, palabras y acciones.

Pero ésos eran los síntomas de un larguísimo embarazo, dado que nuestra real salida a la luz, ocurrió con el ingreso al Parlamento en mayo del 2013, de lo que continúa siendo el proyecto de ley que da protección a la identidad de género.

Desde allí, múltiples han sido las visibilizaciones de una sola supuesta realidad trans, en la que solo vivimos para tener un carnet acorde a nuestro sentir. Es clara la importancia de un documento legal que, en términos materiales “respalde” nuestra decisión de ir por la vida con la identidad que nos acomoda. Sin embargo, se ha echado tierra a otras discusiones no menos importantes como qué es ser trans, por qué ha de existir un devenir inevitable que es la mujer o el hombre trans. Homologarnos sin más a la mujer o al hombre trans, borra de un plumazo el atisbo problemático de nuestras subjetividades, inscribiéndonos en un registro histórico que nada hará por rescatar la “T” empolvada.

Antes de ser acusada de intolerante, de que solo busco establecer un discurso y prácticas desde lo no binario, respondo tajantemente: NO. Pues a diferencia del discurso binario y empresarial -por cuanto se ha construido al alero de canales de televisión empresariales- que nos ha obligado a definirnos como hombres o mujeres; perdón: bien hombres o bien mujeres, declaro que soy partidaria de la autodeterminación de nuestras identidades; pero, este paso obligado a convertirnos en hombres o mujeres trans, no solo es violento, resulta mecánico y no contribuye a la problematización de nuestra construcción en todo orden.

Nuestra sola existencia es problemática para una sociedad binarista. Nuestra sola existencia se constituye en un acto revolucionario, pero choca cuando el “pasar piola” es lo único relevante y el olvidarse del tránsito es requisito para una vida feliz. ¿Se puede juzgar aquello? No, porque es necesaria la sobrevivencia; pero eso no implica que no se deba poner en cuestión.

Si solo tomamos como historia, tener una ley que de protección a la identidad de género, continuaremos en la senda de un movimiento legalista que perderá cualquier oportunidad de avanzar en discusiones más profundas, en el tensionamiento de una realidad que nos determina en cuanto pronunciamos la palabra “trans”.

De ahí la importancia de conocernos, de saber qué pasa con nosotros y nosotras. Para ello, asoma con esperanza, el primer Encuentro Nacional Trans y de Identidades No Binarias, el que debemos levantar con firme convicción y gran fuerza. Y en esta tarea, lo que necesitamos es honestidad y disposición para dialogar sin menospreciar las ideas de otros/as. Ha llegado el momento de mirarnos las caras para debatir, construir y transformar esta realidad.