Históricamente, el término trans  se ha encontrado en aquella famosa sigla “LGBTI”, la cual se puede traducir como: lesbianas, gays, bisexuales, trans, intersex, y que últimamente ha adoptado la “Q” de queer,) o simplemente, el símbolo +. Los tres primeros términos corresponden a orientaciones sexuales; es decir: una atracción afectiva, emocional y sexual hacia una o más personas; mientras que “trans” corresponde a una identidad.  Sobre la intersexualidad no me referiré, pues ameritaría una discusión extensa. Y respecto de lo queer, se produce un cruce entre las identidades y las orientaciones que lo sitúan de manera más acertada bajo el resguardo de tal bandera.

Ahora bien, me parece fundamental explicar el concepto identidad al que, para evitar ambigüedades, le añado el apellido género. Al respecto, los Principios de Yogyakarta, definen a la identidad de género como:

“La vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente profundamente, la cual podría corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento, incluyendo la vivencia personal del cuerpo”

Es decir, trans, es una identidad como lo es hombre o mujer cisgénero/cisexual (la identidad de género coincide con el sexo). Entonces, ¿por qué estas dos categorías no son parte de la sigla en cuestión?

Para responder esta pregunta, asoma en primer orden, aquella palabra patriarcado, la cual sostiene la superioridad y dominio del, precisamente, hombre cisgénero sobre todos/as aquéllos/as no hombres borrando cualquier otra subjetividad. Pero ¿y la mujer cisgénero? También es una oprimida, pero ha encontrado su espacio propio en el feminismo. Otra razón pudiera provenir de nuestra no existencia en cuanto a una identidad definitiva, pues somos el paso entre el error y la solución, entre el cuerpo equivocado y el cuerpo correcto, entre no ser y el llegar a ser, en términos sociales: hombre o mujer. Puede explicarse, también, porque las trans femeninas hemos sido vistas como maricones vestidos de mujer, mientras que los trans masculinos, son descifrados como lesbianas camionas (masculinizadas).

Razones abundan, pero, debemos problematizar para evitar la homogenización con gays o lesbianas, quienes tienen sus propias demandas; y si bien no implica negarse a la articulación con estos colectivos, sí urge que nos veamos y entendamos en nuestra singularidad primero; de lo contrario, continuaremos apareciendo como sujetos/as pasivo/as al momento de enunciar una narrativa en común en este frente único, dado que la voz del gay blanco y heterosexualizado seguirá acallando cualquier otra manifestación que atente contra su discurso institucional y conservador.

Y por otra parte, si concordamos en lo que sostiene un amplio sector del feminismo en cuanto a que las mujeres cisgénero también son oprimidas por el patriarcado como en nuestro caso, conveniente sería que ésta se sumara a la sigla LGBTIQ por ejemplo, y no por razones cosméticas, sino que producto de discusiones y por qué no decirlo, quiebres profundos. O también podemos continuar en un diálogo con el feminismo, pero, en lo posible, desde las autocríticas y análisis respectivos, con el propósito de resolver si nos incorporamos, lo ignoramos o lo superamos.

En fin, hay mucho que seguir preguntando, con toda la intención de ir construyendo las respuestas de manera colectiva.