Por estas semanas ha habido buenas noticias para lo que muchas veces se denomina “comunidad trans”.  Las buenas nuevas han llegado desde el Ministerio de Educación que ha implementado una circular que establece el uso del nombre social y de baños que el o la estudiante escoja en razón de su identidad de género; y  una guía para conocer la realidad de estudiantes LGBTI.

También, la implementación del decreto Mara Rita –en honor de la activista trans fallecida el año pasado- en las dependencias del Instituto de Asuntos Públicas (INAP) de la Universidad de Chile, que va en esta misma línea y que además se extiende hacia académicos/as y funcionarios/as.  Sin duda, importantes anuncios, sin embargo, aún falta por avanzar y en este punto el movimiento estudiantil es clave, pues así como ha levantado las demandas por una educación gratuita y más recientemente desde amplios sectores, la necesidad de una educación no sexista, también le compete hacerse parte de la problemática trans, pero planteándose discusiones más profundas.

Y es que, a estas alturas, en contextos educacionales, oponerse a llamar por su nombre social a una o un estudiante trans es de un fascismo insostenible; y si bien, hay que continuar dando la pelea, no se puede echar tierra sobre discusiones no menos relevantes, como por ejemplo, la libertad; así es, la libertad de descubrir el ano en su dimensión de goce, pues en este territorio evitado por aquel régimen político llamado heterosexualidad obligatoria, el hombre cis (la identidad de género se corresponde con el sexo de nacimiento), heterosexual, estudiante, principalmente, evita pensar la construcción de su propio deseo desde allí. Claramente, no es ésta una imposición para que todos los hombres cis heterosexuales obtengan placer mediante esta zona de su cuerpo, porque no todo el mundo encuentra placer en el mismo lugar o haciendo lo mismo que la otra persona, pero sí es necesario pensarlo.

Urge reflexionar respecto de sentir más allá del pene; en una sociedad construida en torno a éste, levantar otros territorios a explorar es revolucionario, porque plantea ir tensionando el cómo vamos construyendo nuestros deseos. El preguntarse por qué solo el pene es el único sitio habilitado para que el hombre cis, heterosexual, estudiante pueda gozar, se vuelve un paso necesario para ir derribando la heterosexualidad obligatoria y con ello, abrirse a un mundo diverso, con multiplicidad de sentires e identidades, entre las que se encuentran aquéllas que se comprenden como trans y que el régimen heterosexual invisibiliza y cosifica. El ano, en este contexto es la puerta de entrada a otra construcción de sociedad y el hombre cis, heterosexual, estudiante que quiera ir avanzando en sus discusiones,  debería pensarlo, por lo menos.

Y en segundo lugar, pero no por ello, menos importante, se vuelve imperante que los hombres cis, heterosexuales, estudiantes transparenten sus relaciones sexo-afectivas con compañeras trans, a las cuales les “sugieren” mantener aquellos lazos en la más absoluta clandestinidad. Muchos de estos compañeros, además, comprometidos con  compañeras mujeres, con quienes no han acordado una relación abierta. Entonces, poner esta discusión sobre la mesa, implica no ser cómplices de una opresión; y en este caso, una opresión hacia una compañera ya oprimida, como una trans. Y se puede decir, aún más, protagonizar o avalar este tipo de prácticas es comportarse de manera inhumana. Oprimir a una oprimida es un gesto inhumano. Y eso, en un movimiento estudiantil que se está planteando la educación no sexista o, derechamente, feminista no puede transigir.

En la medida que no se cuestionen las prácticas más íntimas y que el estudiantado y las organizaciones políticas que se lo disputan, no realicen reflexiones profundas respecto de la opresión de las cuales son víctimas compañeras trans a manos de sus hombres cis, heterosexuales en general y militantes en particular, cualquier avance será siempre superficial y por lo tanto, tristemente insuficiente.