La4TaMuralla Destrozada

 

 

Desde mi infancia en dictadura, se me repitió que “meterse en política” era una “estupidez”. La política es sucia, me decían, con la misma fuerza con que las monjas insistían en que el sexo era pecado. Como si ambas cosas no fueran propias del ser humano. Elevaron el asco a la política a una especie de dogma: ser político, interesado o participe de la política, era “malo”.

 



Desde la antigüedad se reconocieron algunas garantías a algún tipo de personas.
El criterio para ello era el lugar o familia de origen. Es por eso que, más que de derechos, hablábamos de privilegios, que eran otorgados por la ley o la costumbre. Así en Grecia y Roma, algunos ciudadanos podían elegir autoridades, adquirir bienes, incluso acceder a la justicia.