Por Luis Mariano Rendón, Abogado.

Los recientes pasos dados hacia la normalización de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba constituyen un acontecimiento que, sin ninguna exageración, ha sido calificado de histórico. No por nada, se trata de un conflicto que tuvo en algún momento a la humanidad al borde mismo del holocausto atómico, durante la crisis de los misiles de 1962. Afortunadamente, en ese momento las dos superpotencias flexibilizaron sus posiciones y alcanzaron un acuerdo que evitó la guerra, pese a que Castro no quería ceder un milímetro e instaba en una carta a Khrushchev a ser el primero en recurrir al uso de armas nucleares en caso de invasión norteamericana.

A los chilenos y chilenas, en particular, no nos puede ser ajeno tampoco lo que está ocurriendo. Más para mal que para bien, el proceso político cubano, desde la toma del poder por Castro en 1959, ha influido de forma no menor en nuestro país. Tanto es así, que algún autor ha planteado, en un ejercicio de política ficción, que la historia de Chile pudo ser muy distinta si Allende hubiese triunfado no en 1970, en pleno auge del castrismo, sino en 1958, cuando salió segundo con apenas 33.000 votos menos que Jorge Alessandri. En ese entonces, la influencia cubana aún no existía y un proceso de cambio social en paz y democracia al menos no habría partido teniendo en contra, además de los naturales adversarios, la importada pulsión guerrerista de muchos de los propios partidarios.

La normalización de relaciones cubano-estadounidense, además de contribuir a superar penalidades del pueblo cubano, puede tener un efecto político trascendental que ya empieza a sentirse. Ni más ni menos, se desmorona el principal argumento que ha tenido el régimen castrista para mantener por medio siglo su aparataje represivo. La idea de “fortaleza sitiada por el imperio” y de “David contra Goliat”, legitimó interna e incluso externamente ante algunos, la criminalización de toda disidencia, permitiendo la violación impune de derechos humanos fundamentales. En este nuevo cuadro se abre un espacio político que puede ser ocupado por la oposición y, mediante la protesta ciudadana no violenta, presionar por una transición a la democracia. La ilegitimidad de la represión de un movimiento de ese tipo en dichas circunstancias, legitimaría a su vez toda la solidaridad internacional y el aislamiento de la dictadura.

En el marco descrito, es que aparece como extraordinariamente torpe la reacción mayoritaria del exilio cubano, que aferrándose a una herramienta que durante 50 años no ha servido para democratizar Cuba, pero que sí ha aumentado los sufrimientos de su pueblo, reacciona contra Obama y clama al Congreso para rechazar su iniciativa.

Afortunadamente, organizaciones que luchan en el interior de Cuba han entendido la oportunidad y, con mucha lucidez, han dado la bienvenida a los cambios, no aceptando que el pueblo cubano quede como rehén dentro de un esquema de enfrentamiento obsoleto. Esta actitud prestigia a la oposición ante la sociedad cubana, que no puede dejar de ver con esperanza el nuevo cuadro.

Es de esperar que otras fuerzas dentro del exilio cubano en Estados Unidos, pero también en otras partes del mundo, reaccionen a tiempo, aíslen a los sectores más recalcitrantes de Miami y contribuyan a crear un clima favorable para que el Congreso norteamericano levante el embargo. Se trataría del primer paso que puede crear las condiciones para que la oposición cubana se despliegue y presione al régimen para acceder a los cuatro puntos levantados por organizaciones de la sociedad civil y comenzar así el desmontaje del totalitarismo… sin odio, sin violencia.

Por supuesto que no será una tarea fácil. Pero como aprendimos los chilenos, la clave del éxito en la lucha contra una dictadura puede estar dada por la flexibilidad y el pragmatismo para aprovechar las oportunidades que ofrecen los pasos que el adversario se ve obligado a dar y no por aferrarse a escenarios que quedan obsoletos.